Cuentos

Lo bueno de vivir en una permanente mudanza es que de vez en cuando aparecen tesoros. Así, ellos solos, sin buscarlos. Cosas que no recuerdas haber visto nunca, pero que han estado ahí -presumiblemente- toda tu vida.

No es el caso de el último que he encontrado.

El tesoro en cuestión es un ‘minilibro’ -no sé si existía el concepto de libro de bolsillo en 1964, soy mayor pero no tanto-. Digo que no es el caso porque sí lo recordaba. Lo que no recordaba era si lo conservaba o no. He perdido muchos (muchos, en serio) libros por el camino. Algunos que hoy en día serían muy valiosos. Lloro por esto.

Se llama ‘Cuentos viejos de la vieja España’, una quinta edición del 64 como ya he dicho, de editorial Aguilar, y entre unos 30 autores más o menos, hay cuentos de Alfonso X, Gonzalo de Berceo, Juan Ruiz, Tirso de Molina, y Baltasar Gracian Morales, por ejemplo. En un formato muy mini, parece una biblia, con el mismo tipo de papel además, de ese que da pena manosear por miedo a que se rompa. Eeeeso es, papel de fumar, ese papel.

La introducción es de Federico Carlos Sainz de Robles -de abril de 1943, por lo que deduzco que la primera edición es de ese año- y paso a transcribir el principio de esta inroducción, resumiendo mucho:

 

Cuento es la relación de un suceso. La relación, de palabra o por escrito, de un suceso falso o de pura invención.

Está en punto esta aclaración a la definición primera. Porque sin ella, en las épocas primitivas, cuando los hombres no escribían y conservaban sus recuerdos en la tradición oral, cuento hubiera sido cuanto se hablaba. Por algo contar -fabular- es lo mismo que hablar. Contaban -hablaban- sin faltar a la verdad. Contaban -fabulaban- cuando, fallándoles la memoria, suplían con la imaginación aquellos pasajes olvidados u oscuros de la realidad.

Como es lógico, preponderando tanto el temperamento individual en la relación de los hechos, ¿tenía algo de particular que estos se fueran deformando a través de dos o tres generaciones de narradores? La verdad más verdadera, luego de tamizarse por varios temperamentos sucesivamente, quedaba transformada en una mentira bella con ‘ribetes de verosimilitud’.

El cuento triunfaba así en la vida.

Y no se piense que esta deformación temperamental de lo real fue voluntaria en el cuentista. Es improbable que el hombre imaginase adrede una historia para divertir, sino que los afanes íntimos eran quienes primero invalidaban la voluntariedad del sujeto.

Cuando ya inventada la escritura, se conservaron en prosa las verdades dignas de memoranza y la crítica sutil expulsó de la historia todo lo falso, el cuento ya fue más cuento que nunca.

 

Me quedo con “mentira bella con ribetes de verosimilitud” y con “los afanes íntimos eran quienes primero invalidaban la voluntariedad del sujeto”.

No obstante, creo que Federico debería darse una vuelta por nuestro siglo XXI y ver como solo hay que abrir un periódico o poner un telediario para comprobar que la historia oficial hoy en día -también entonces, y por los siglos de los siglos- se cimienta de cuentos, fábulas, invenciones, y de una forma no solo voluntaria, sino bastante meditada.

 

Por cierto, es la hora de la merienda.

 

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